«Un libro como el que presentamos puede llegar a ser judío y cristiano al mismo tiempo»

DR. LLUIS BUSQUETS I GRABULOSA. 27.11.08. Presentación de El judaísmo de Jesús en GIRONA, en el La Fontana d'Or.
«Aquí tienen un cristiano católico que está,  al menos en un 75%, de acuerdo con lo que ha escrito  el Dr. Sabán y está convencido de que su libro indudablemente va a  ayudar al diálogo ecuménico entre judíos y cristianos».


Como simple profesor de literaturas hispánicas y sin dedicarme a la teología ni a alguna otra ciencia relacionada con la religión, comprenderán que es un honor para mi presentar hoy ante vds este último libro del Dr. Mario J., Sabán, El judaísmo de Jesús, un libro que ya desde el título se opone y complementa a la famosa obra de E. P. Sanders, Jesús y el judaísmo, que ha sido traducida a diversos idiomas y ha obtenido todo tipo de premios internacionales. Supongo que, además de confrontar su obra con un católico  —siempre me he definido como un cristiano crítico—, los únicos méritos que pudo ver  en mi el Dr. Sabán  para solicitarme esta presentación fue mi  constante e irreducible interés por la Biblia así como mis recientes publicaciones traducidas al castellano: el ensayo Última noticia de Jesús el Nazareno (2007) y mi reciente  novela El testamento de Moisés (2008), amén de darme ocasión de defenderme en público de los dos varapalos que me da en su libro en las dos únicas ocasiones en que me cita, cosa que haré en su momento y que —quiero dejar constancia de ello— desde ahora le honra.

No voy a mentar aquí la biografía ni los méritos de otras obras de nuestro intelectual argentino —abogado por la Facultad de Buenos Aires desde 1993—, pero  no puedo dejar de mencionar que el primero de los libros que  le llevó a  estudiar los orígenes judíos del cristianismo fue  de 1994 (Todos somos judíos-->Las raíces judías del cristianismo), a la que siguieron dos tomos sobre la matriz judía del cristianismo (I: El judaísmo de San Pablo, 2003; II: El sábado hebreo  en el cristianismo, 2004) así como La matriz intelectual del judaísmo y la génesis de Europa (2005). Y debe seguir la obra ya anunciada como Rambam, el genio de Maimónides, con la que se doctoró en Filosofía en la Universidad complutense de Madrid. Su obra tiene aciertos y puntos totalmente superados por la actual teología católica, como por ejemplo el mal llamado Concilio de Jerusalén con su Decreto Apostólico (simple reelaboración del autor de Lucas) o la atribución de algunas epístolas como la de los hebreos a Pablo, pero dejé escrito en uno de los periódicos de esta ciudad de Girona (tan famosa por sus debates judios medievales) que sus libros merecían el interés de los lectores. Quede dicho.

Este es un libro a favor de Jesús y como creyente en él no puedo sino darle la mejor de mis bienvenidas. Francisco Fontana, prologuista de la obra, afirma que no se trata de un libro anticristiano pero sí anticristológico. Para un creyente en Jesús, resulta difícil de entender cómo siendo pro-cristiana una obra puede ser anti-cristológica; son dos palabras con el mismo origen griego, Khristós, en hebreo Mesías, “ungido” ¿Puede una obra pro-judía ser anti-toránica o anti-mosaica? El gran poeta catalán Pere Quart /Joan Oliver, usaba el término Jesusismo para referirse al Jesús que precedió a los oropeles constantinianos. Digamos, pues, que Sabán no ha escrito un libro antijesusista y añadamos que, si no ha escrito un libro anticristiano, tampoco debería ser anticristológico, es decir, antimesianológico como intentaré probar. Aunque para el autor (no podemos tergiversarle) la cristologización de Jesús resulte  del todo inaceptable porque equivale a su divinización.

La tesis de Sabán, desde la perspectiva del Jesús preconstantiniano es fácil de resumir: el jesusismo que desembocó en el cristianismo había empezado siendo una simple tendencia interna más de las muchas tendencias fariseas del judaísmo, sin ánimo de encarnarse en otra religión como la cristiana y mucho menos de expandirse entre la gentilidad más allá de Israel (papel que, por otro lado, realizó magistralmente Saulo de Tarso, conocido como Pablo). Hasta aquí, a pesar del testimonio de Lucas (Hch 11,26: “Fue en Antioquuía donde por primera vez los díscípulos de Jesús fueron denominados cristianos”), el aserto de la tesis del Dr. Sabán no causa ninguna repulsa a un cristiano, inclusive el hecho de considerar  fariseo a Jesús o la consecuencia de su tesis que viene a ser el núcleo del libro que presentamos: como mera tendencia judía el cristianismo no aporta nada original que no estuviera ya en el judaísmo, al menos in nuce. Jesús no fue un hombre de una originalidad tan excepcional que, inevitablemente, a partir de su figura, debiera crearse una nueva religión en oposición al judaísmo, es decir, el cristianismo. Jesús fue un judío, posiblemente un rabino carismático singular, que supo entresacar del núcleo ético de la Torá judía todas sus enseñanzas y comportamientos. Y todo el libro del Dr. Sabán no hace otra cosa que remachar lo dicho hasta la saciedad en 25 capítulos, en los que analizando las enseñanzas de Jesús pretende dejar con claridad meridiana que no tienen nada original que no esté ya contenido en el judaísmo con precedencia. Empieza por la retahíla del “Habéis oído... yo os digo “ (Mt 5,21-48), sigue con las fuentes de sus enseñanzas sin menospreciar las escuelas rabínicas (especialmente, Hillell y Shammay), prueba que Jesús parte del Shemá Israel en Mc 12, 28-34 y de la observancia de la Torá, sigue ofreciendo la postura de Jesús  frente a los gentiles, frente a la ética judía nuclear, frente al amor a los enemigos, habla de  sus mashals y sus milagros, lo sitúa frente al concepto del  Dios paternal, a las posturas antisacrificiales, a la secuencia perdón-arrepentimiento, a los alimentos kosher, al honrar  padre y madre, al nacionalismo, al Shabat, al Reino, a la voluntad divina, al feminismo, a las plegarias, a las obras de misericordia, nos prueba que hasta las bienaventuranzas tienen raíces judías y acaba, tras demostrar que sus primeros seguidores eran observantes de la Torá, que fue un rabino excepcional y lo hace a modo de conclusión  afirmando de él 46 asertos.
    
Llegados aquí, servidor podría decir: globalmente, de acuerdo. ¿Cómo no lo voy a estar si yo mismo he escrito  que la oración cristiana por excelencia, el Padrenuestro, tiene sus raíces en las plegarias judías? Miren vds: aquí tienen un cristiano católico que está,  al menos en un 75%, de acuerdo con lo que ha escrito  el Dr. Sabán y está convencido de que su libro indudablemente va a  ayudar al diálogo ecuménico entre judíos y cristianos. Podría añadir que la obra de Sabán tiene un destinatario múltiple: se dirige tanto a judíos refractarios con el cristianismo, como a judíos cercanos, a cristianos cercanos al judaísmo y a cristianos refractarios. (¿Demasiados públicos a satisfacer? No sé, pero la ambición nunca me ha desagradado.) Podría  también discrepar algo descendiendo a algunos detalles (por ejemplo en la cuestión de los alimentos o cuando habla de la teshuvá o arrepentimiento: no se trata sólo de secuenciar si, en Jesús, primero es el perdón y luego el arrepentirse o al revés, sino de saber, como explica Sanders, que en sus tiempos, el arrepentimiento, según Lv, debía manifestarse mediante un sacrificio en el Templo, y Jesús no impuso nunca esta carga a nadie); podría decir que desde la teología católica actual se consideran anacrónicos los comentarios bíblicos de Nácar Colunga o anticuadas las opiniones de Martín Descalzo, que Sabán utiliza para nuestro merecido descrédito; podría añadir que  la exégesis católica considera a Santiago, el jefe de la comunidad hebrea jerosolimitana, el hermano o hermanastro de Jesús o que hoy en día se consideran pocas las cartas auténticas de Saulo/Pablo y aún llenas de interpolaciones espurias; podría rebatirle que para el cristianismo la cronología religiosa no empieza con la creación el mundo ni  con la circuncisión de Jesús (p. 82,n.60), que la fe cristiana sea irracional y lleve al dogma como el afirma (p. 114, n.90) o que el centro del cristianismo haya cambiado a Dios por Jesús (basta leer las concepciones cosmoteándricas de Raimon Panikkar). Todas estas objeciones serían detalles accidentales, un 10% de mi 75% de desacuerdos: interpretaciones precipitadas, ilaciones gratuitas.
    
Dos de estos detalles están relacionados con los rapapolvos que me echa en las dos veces que  me cita en su obra  y que voy a tomar como ejemplo. En el primero, servidor tras escribir que Jesús conocía las reglas rabínicas de la interpretación bíblica, propongo algunas distinciones entre Jesús y los rabinos de su época: Sabán me replica y escribe que  se trata tan sólo de diferencias metodológicas —“de estilo”, dice exactamente— entre rabinos.  Tiene —claro— todo el derecho a la réplica y hasta a la consecuencia que extrae de la misma: “No pueden ser consideradas grandes innovaciones que  permitan situar a Jesús fuera del concepto habitual de un rabino del judaísmo del siglo I”. Hasta aquí, de acuerdo. Pero lo que no puede hacer es achacarme  lo que sigue: “Se desean resaltar estas diferencias rabínicas para mostrar la originalidad de Jesús [...] La necesidad del cristianismo  de insistir en la originalidad de Jesús está fundamentada en la necesidad teológica que tiene el cristianismo de alcanzar su independencia respecto al judaísmo”.

Le puedo asegurar al Dr. Sabán que, si ha leído bien mi libro, servidor no tiene esa necesidad. La ilación que ha efectuado achacándome algo que no pienso es, pues, como poco, gratuita.

Hoy en día, ese prejuicio que tiene el Dr. Sabán (la necesidad del cristianismo de exagerar la originalidad de Jesús) no se tiene ni en las cátedras pontificias de Roma.

Voy a contar una anécdota biográfica personal de hace más de medio siglo. PUG. Dr. Jospeh Fuchs. Semblanza freudiana. Finales década de los 60. Propone un tema: la originalidad del cristianismo; le propuse como trabajo “el amor a los enemigos”. Me dio permiso con una sonrisa  algo irónica. Me di de bruces. Orientales, judíos (Pr 25,21) habían llegado antes de Jesús al amor al enemigo. Yo estaba desolado. El profesor, se sonreía y me puso  una nota óptima. En clase dijo que no se podía atribuir a Jesús ninguna originalidad doctrinal. Acaso, y como mucho, una nueva intencionalidad. ¡Y de esto hace más de cuarenta años!   

El segundo rapapolvo tiene un cariz peor porque induce a una tergiversación de datos y demuestra su precipitación  interpretativa,  sólo admisible por su ingente acumulación de trabajo. Me van a permitir que sea un poco quisquilloso. Con el profesor Crossan y otros estudiosos, servidor, al escribir  mi libro sobre Jesús, llegué a la conclusión de que Jesús era analfabeto. Era un punto de llegada osado y debía cargarme de razones. El analfabetismo no implica falta de cultura; la cultura de Jesús y sus profundos conocimientos bíblicos, con una memoria prodigiosa (Sabán también la admite)  y un carisma singular, eran sencillamente orales. Pero en el Evangelio de Lucas, Jesús lee en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,16ss), tras de lo cual sus vecinos quieren  despeñarlo. Esa lectura, si existió, echaba  por la borda mis concepciones.  En mi libro 1), comento las teorías de Crossan; 2) demuestro con un análisis exegético paralelístico, que  Lucas —que escribe 70 años después de los hechos y nunca ha estado en Nazaret—, ha reelaborado una narración de Mc 6,2-4 (en la que Jesús habla en la sinagoga, pero no lee), y la prueba de la elaboración es que  el texto leído no coincide con la biblia hebrea; 3) expongo las teorías de  Reed, uno de los mejores arqueólogos en Israel, que niega la existencia de edificio sinagogal alguno en Nazaret, un villorio de menos de 300 habitantes, con imposibilidad de Rollos y de Ley, y sin promontorio alguno para despeñar a nadie ; 4) hablo, al menos en Cafarnaún, de posibilidad de asamblea sinagogal “al aire libre o en el patio de alguna casa” (p.314); 5) certifico, con los estudios sociológicos de Harris e Ilan que el promedio de alfabetización de Galilea era inferior al 3% (porcentaje ocupado por las clases herodianas y los hijos de los jefes del ejército y administración romana). Cinco pruebas. Sabán escribe por dos veces que me baso en un solo argumento arqueológico  y añade que “este autor —es decir, servidor de Vds— cree (erróneamente) que las sinagogas del judaísmo tenían que ser edificios bien visibles desde el punto de vista arqueológico...” tratándome poco menos de ignorante y explicándome que puede haber asamblea en casas particulares o al aire libre, sin percatarse de que yo mismo menciono en el mismo lugar la posibilidad de esas asambleas domésticas o al aire libre. Esas descalificaciones gratuitas ¿no restan credibilidad al libro? Antes de escribir lo que escribí, indagué todo lo que pude, me enteré de que los Rollos sinagogales  incluso se alquilaban  para localidades pequeñas —cosa que desconocía— y consulté a expertos que llegaron a decirme que en un pueblo de poco más de 200 almas sólo en ocasiones especiales podrían alquilar un Rollo de la Torá para celebrar la Palabra. La conclusión de todo ello me lleva a coincidir con el profesor Crossan: la lectura de Jesús en Nazaret sólo se explica porque Lucas reelaborara el texto de Marcos. No existió jamás. Pero,  para el precipitado Dr. Sabán, Lucas resulta nada menos que “irrefutable”. Y todavía añade que “desde el siglo I antes de la Era Común los fariseos habían dictado la obligatoriedad del estudio para todos los niños judíos” (y entonces, ¿por qué el 97% de analfabetos?) y que “todos los evangelios apócrifos —“todos”, dice— nos describen la cantidad de veces que los padres de Jesús llevaron al niño a la escuela”. Entiendo que la exageración “todos” es un lapsus  calami y que Sabán debe querer referirse a  los de la infancia. ¿Cuáles evangelios apócrifos?, pregunto al Dr. Sabán. El Protoevangelio de Santiago, no, porque termina en Herodes. El PseudoMateo tampoco; es una copia del anterior. El Liber Infantiae Salvatoris —y es un apócrifo tardío—, tampoco.  ¿Se referirá al PseudoTomás? No creo, porque el mentor de Jesús (por cierto, llamado Zaqueo) no dura ni una clase. En el Evangelio siro-árabe de la infancia, se repite la historia y Jesús es un niño callejero que al encontrarse a un físico (un médico) le dice que sabe todo sin estudiar. La Historia de José el carpintero, no habla de colegio alguno.  Nos queda el Evangelio armenio  de la infancia,  que Sabán  cita (p. 550, n.413), aunque es posterior al siglo V, y en el que José lleva a Jesús a los siete años a Gamaliel; sin embargo, Sabán  manipula el texto, pues se deja en el tintero que las clases con Gamaliel  no duran ni un día porque Jesús sabe todo y el maestro se acaba por considerarse su  discípulo y lo devuelve a José para que le enseñe oficios. Entonces, ¿qué evangelios apócrifos describen esa “cantidad de veces que los padres de Jesús lo llevan a la escuela”? El Dr. Sabán me ha ofrecido el sexto argumento sobre el analfabetismo de Jesús: ¡ni los apócrifos  mencionan su escolarización!

No quisiera pecar de exagerado ni perderme en detalles ínfimos. Conozco la mayor parte de la bibliografía utilizada por el Dr. Sabán y he de decir que, con algunas excepciones, suele ajustarse a lo que dicen sus autores sin forzar interpretaciones excesivas como en mi caso. Por otra parte, quiero repetirlo: todas estas discrepancias  serían accidentales sin alcanzar la substancia del libro con el que globalmente estoy de acuerdo. Podría terminar aquí diciendo que Sabán deberá ser considerado desde ahora  como un autor judío más de la ilustre lista  de escritores judíos sobre Jesús. Y los  seguidores del Maestro deberemos estarle agradecidos por su trabajo. Mi disertación podría ensalzar las citas iniciales de cada capítulo, lamentar que el libro (defecto de todos los del Dr. Sabán) no tenga un apéndice analítico por materias al final y terminar aquí. Quizás hasta me ganaría el aplauso del autor, al menos por la brevedad. Pero la mayoría  de Vds quedarían decepcionados. ¿Cuál es su 15% de desacuerdos substanciales?, me preguntarían.

Y me voy a explicar honradamente, a condición de que no olviden en su mente que, como cristiano, estoy de acuerdo en más de las 3/4 partes con la  obra en cuestión.

Sabán nos anuncia en su introducción que nos dará a conocer  “uno de los secretos mejor guardados a lo largo de los últimos veinte siglos:  que el rabino Jesús de Nazaret jamás pretendió fundar  una nueva religión” (pág 31).

¿“Secreto”? En mi libro (p. 249) me pregunto si Jesús  quiso fundar el cristianismo o la Iglesia y llego a plantear si la revelación de Dios en Jesús no supone un punto final a toda religión. No es una cuestión nueva. Ha sido planteada desde  Reimarus (s. XVIII)  a Bonhoefer. Bultmann sostiene que la Iglesia nació de una confederación de comunidades locales sin ninguna relación ni voluntad explícita de Jesús. De Käsemann a Conzelmann  se ha dicho que Jesús no fundó la Iglesia; el consenso protestante así lo afirmó en Linton en 1932. En mi obra hablo de las posiciones de algunos teólogos católicos: Schnackenburg, Küng, Boff... No voy a repetirme. Simplemente afirmo que Sabán no sólo no revela secreto alguno sino que llega muy tarde al debate. En mi libro incluso analizo cómo se pasó de un Jesús-excusa para el nacimiento de la Iglesia a una Iglesia que ofrece culto a Jesús. I cito libros de un teólogo catalán como Joan Leita: El fonament irreligiós de l’Església (1969) y Anàlisi destructiva de la religió (1999). Y con ello no quiero decir que el trabajo del Dr. Sabán suponga  gastar pólvora en salvas.

Vamos al núcleo de la cuestión: ¿Cómo se pasó del judaísmo de Jesús y sus primeros seguidores al cristianismo?

¿Cómo tuvo transcurrieron las cosas? Para el Dr. Sabán el proceso tuvo  4 etapas: 1)  Del mesianismo judío de Jesús se pasó al mesianismo de Saulo/Pablo de Tarso. (Quede claro que Sabán admite que no sabemos si  el Maljat o el Reinado de Dios  es una simple posibilidad o potencia o si ya se ha iniciado cronológicamente camino de  un punto final no consumado. Sabán admite que este es un problema nuclear y de  envergadura, frente al cual  confiesa honradamente no tener solución porque “el problema central es la falta de definición del judaísmo con relación al Reino”, pág. 493). En cuanto a la etapa 2)  la teología mesiánica  universal de Saulo Pablo sobre Jesús, nace por la incorporación de los judíos incircuncisos, los llamados helenistas, en  el mal llamado Concilio de Jerusalén del año 50, los cuales  reemplazan su prístina originalidad por conceptos provenientes del mundo pagano, ya que lo shelenistas acaban por desbordar al os judeocristianos primitivos); 3) La incorporación masiva de gentiles  desembocaría en  la desjudaización de Jesús y de Saulo/Pablo en el siglo II, cuando Marción separa el NT del AT,  Ignacio de Antioquía (~107) o Justino (~150) substituyen el Sábath por la fiesta dominical,  el papa Aniceto I (155-166) cambia  la fiesta de la Pascua,  Eleuterio I (174-189) inicia la desjudaización del cristianismo naciente  aboliendo del Decreto jerosolimitano  y Víctor I (189-199) independiza del todo el cristianismo del judaísmo. La última etapa, 4) es la de los concilios cristológicos que desembocan —automáticamente, dice en p. 146, sin tener en cuenta los años de debate y discusión— en la divinización de Jesús.

Para Sabán, los seguidores de Jesús poseemos ahora a un Jesús enmascarado, un Jesús pagano-cristiano y, si queremos seguirlo en verdad, debemos volver sobre sus pasos, depurar los dogmas, regresar al Jesús judío prehelenista anterior a su desjudaización. Podría decir que esta posición tampoco repugna a un cristiano actual, porque en el siglo XXI no resulta nada satisfactoria la meta a la que se llegó con los llamados concilios cristológicos  de Nicea (325), Constantinopla I (381), Éfeso (431) y Calcedonia (451), que pugnaron por definir desde los parámetros de la filosofía escolástica de su tiempo  aquella figura del hombre Jesús considerado también alcanzado por la divinidad, y nos dejó la formulación de la unión hipostática de una persona en dos naturalezas. ¡A un hombre del siglo XXI estas nociones no le dicen nada! ¿Alguien puede imaginarse a Jesús diciendo a sus discípulos, a Pedro o a Juan que le trataban, “Soy una persona con dos naturalezas”?

Volver al Jesús inicial, al Jesús judío, tanto para el cristianismo como para el judaísmo, implica, claro está, poner el foco sobre el Jesús hombre, un judío de su tiempo, pero  también sobre los autores de los evangelios, que fueron también judíos del siglo I y que vieron en aquel hombre algo especial. Y no lo digo porque el Dr. Sabán no mencione siquiera en su libro los relatos de la resurrección o las apariciones de Jesús (hoy interpretadas más al pie del espíritu que de la letra por la teología cristiana, pero escritas también por judíos fervorosos del siglo I), sino porque los datos de la aparición del cristianismo no resultan tan retrasados como nos quiere hacer creer el Dr. Sabán.

Si la primera persecución  de cristiano-judio-helenistas fue la de tiempos de Esteban en torno a los años 36-37, Lucas nos dice que los dispersos de entonces llegados a Antioquia de Siria ya se llamaron “cristianos”. (Hch 8,1ss;11,19ss). Como mucho, podríamos retrasar la dispersión  hasta el año 43/44, cuando Agripa I hace decapitar a Santiago y mete en prisión a Pedro. Fuere como fuere, ya en el primer lustro de los 40, Antioquía se convierte en el primer centro de los cristianos helenistas, y allí se dirige Pedro (Hch 12,17; Ga 2,11). De aquellos días Pablo —espiado por los jerosolimitanos— nos da su versión del mal llamado Concilio de Jerusalén (una versión más creíble que la de Lucas): cuando subió a Jerusalén no se le impuso nada (Ga 2, 7), excepto que no olvidaran de los pobres (v. 19); ni siquiera se le obligó a circuncidar a Tito (2,3) y sí que  se le confió la evangelización de los incircuncisos (2,7).

Se me dirá que de acuerdo, que este grupo llamado cristiano seguía constituyendo una secta, una tendencia  judía dentro de la religión de Moisés. Y la prueba es que en los viajes de Pablo, Jesús era predicado en las sinagogas. Pero algún tipo de inicial separación tuvo que haber cuando Pablo era acusado por los judíos de Salónica, denunciado en Acaya ante el procurador Galión en su 2º viaje o perseguido en el mismo Jerusalén al término del 3º; algún hiatos tuvo que haber  cuando  Santiago, el hermano o hermanastro de Jesús, fue apedreado en el año 62 por orden del Sumo Sacerdote Anán aprovechando un vacío de poder romano. No podemos reducirlo a una lucha entre saduceos y aquellos judíos sectarios (“cristianos” desde nuestro punto de vista). Estamos en las vigilias de la primera guerra judia y estos cristianos pacifistas tampoco fueron bien vistos  por los zelotes y otros grupos. Eusebio (aunque desconfiamos de  la veracidad de su historia) nos dice que tuvieron que huir a Pella.  ¿De quiénes huyeron?

Los cristianos, pues, se empezaron a diferenciar de los judíos bastante antes que no lo hicieran los primeros papas el siglo II.  El autor de Lucas y Hechos, un judío helenista, elabora la fiesta de Pentecostés con la bajada del Espíritu distinta de la judía mucho antes que el papa Aniceto así como los discursos de Pedro en Hechos. Y aquí quería llegar: “Que sepa pues toda la casa de Israel que YHWH ha constituido Señor y Mesías a este Jesús que vosotros crucificásteis”, dice Pedro al final del discurso pentacostal  en Hch 2, 36. En el segundo discurso dice así: “El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres ha glorificado a su sirviente Jesús” (Hch 3,13). Y ante el Sanedrín (Hch 4,9), Pedro dice que ha curado al cojo de nacimiento “en nombre de Jesús el Nazareno que vosotros crucificasteis y que YHWH resucitó de entre los muertos”.

Fijémonos bien. Pedro, un judío hasta la médula, identifica como hoy muchos teólogos católicos  el enaltecimiento de Jesús como Mesías con la Resurrección —que también va a admitir Saulo/Pablo—, la Ascensión y el don pentecostal del Espíritu. Enaltecimiento de Jesús como Mesías, Resurrección, Ascensión y Pentecostés son la misma vivencia explicada de tres modos distintos. Para unos fariseos creyentes en la resurrección no debía ser  difícil  inducir de la donación total de Jesús en la Cruz (“Oblatus est quia ipse voluit”) un merecido enaltecimiento por parte de Dios. La deificación de Jesús no se produjo con los concilios cristológicos (en todo caso se internacionalizó) sino que empezó mucho antes.

En mi libro sobre Jesús, propongo para el  incipiente proceso neotestamentario de deificación de Jesús  esta cronología de etapas: 1) Entronización al cielo a la diestra del Padre y coronación del Espíritu para ejercer su Soberanía (Hch 2,32); 2) Enaltecimiento-Ascensión-Pentecostés  (Ac 2,33); 3) Resurrección (Pablo) y apariciones (Mt); 4) Muerte sacrificial y reinado desde la Cruz martirial (final de Mc); 5) Transfiguración; 6) Bautismo-Niño en el Templo; 7) Nacimiento e infancia prodigiosas (Mt); 8) Concepció virginal; 9) Logos eterno (Jo); 10) Logos=Dios (Atanasio-Nicea).

Sabán ni nos habla de la entronización de Jesús a la derecha del Padre, a pesar de confesarlo así un judío como Pedro según elaboración de otro judío helenista como Lucas, ni de la Resurrección ni de la Ascensión ni de las teofanías evangélicas (Bautismo y Transfiguración) ni de la concepción de Jesús ni de la transformación  de la Sabiduría de Dios en Persona e Hija de Dios, engendrada antes de la creación pero participante en la misma creación  (¡y está Pr 1, 10-33; 3, 16-19; 8,22-26; 9!). Esta Sabiduría deviene en Juan el Logos, la Palabra de Dios (Jn 1,1ss; 6,35). Se me responderá que se trata de simples apelativos simbólicos sobre el hombre Jesús, de acuerdo. ¡Pero apelativos efectuados por creyentes y piadosos judíos del siglo I!

Voy terminando. Para el Dr. Sabán, la escisión entre judaísmo y cristianismo se efectúa por parte cristiana con la desjudaización de Jesús y la cristologización del mismo. Eso es difícil de afirmar sin tergiversar los datos neotestamentarios, cuyos autores son judíos. Para los cristianos, el colmo fue la reconstitución farisaica del judaísmo tras la destrucción romana de Jerusalén en el año 70, el concilio de Jamnia (80-90) y el período llamado Jabné (hasta inicios del siglo II dC). Los fariseos reconstruyeron la vida espiritual de la nación judía, reconstituyendo la jurisprudencia y fijando el canon hebreo, a costa de excluir  de la comunidad a quienes no comulgaban con los puntos de vista acordados. Johannan ben Zakay, que aparentó cierta avenencia con los ocupantes romanos para que éstos dejaran de lado a los saduceos que se establecieron en Jifna no acabaran pactando con la  secta cristiana naciente —eran su única alternativa—  llegó a descalificar y repudiar a esta incipiente tendencia cristiana; ¿cómo no lo iba a hacer si había llegado a excomulgar a sus propios discípulos que no comulgaban con él? Sus sucesores desde el año 80  (Gamaliel II y Azarías) no fueron menos integristas. Los debates  de Jesús con los fariseos que aparecen en los Evangelios son reflejo  de los debates de estos días. Se impusiera o no en la década 80-90 la Birkat ha-minim —una plegaria diaria de maldición contra los notsrim o nazarenos (cristianos)— el golpe estaba dado. La oración decía así: “Que los apóstatas no tengan esperanza y que el reino de la maldad sea desarraigado en nuestros días. Que los nostrim (nazarenos) y los minim (herejes)   desaparezcan en un abrir y cerrar de ojos”. ¿Cómo podían los judeocrsitianos seguidores de Jesús rezar aquello?  O apostaban de Jesús o salían de la sinagoga.

Para algunos judíos la oración sólo tenía en cuenta los minim (herejes) y no los notsrim (cristianos), según testimonio de documentos alejandrinos; pero estos mismos autores admiten que el mismo adjetivo (‘hereje’) podían considerárselo aplicado los de la secta judeo-cristiana.   Es también sabido que para algunos expertos dicha plegaria no llegó a imponerse nunca. Puedo admitirlo;  la traigo simplemente a colación como testimonio  de una escisión  anterior a la de las fechas de escisión entre las dos religiones que propone el Dr. Sabán. Y, fuere como fuere, la nueva reorganización de la vida judía acabó privando a los judeocristianos de predicar su fe en Jesús en las sinagogas. (Menuda desfachatez la de los cristianos con sus pretensiones de que algunas profecías se hubieran cumplido con Jesús.) Peor: se quiso efectuar una relectura de los datos de Jesús en clave denigratoria. Llegó a ser un brujo y un hijo bastardo. Los judeocristianos llegaron a considerarse reprobables. Las comunidades cristianes que se desarrollaban dentro de las sinagogas fueron expulsadas de ellas; el judaísmo rabínico nacional, se replegó sobre sí mismo de modo inflexible,  sin acabar de asimilar el judaísmo helenizado internacional, especialmente el alejandrino (y de ello hay testigos fuera del cristianismo).  Ahora sí que el cristianismo quedaba definitivamente  desgajado de su matriz judía. Ambas religiones salieron perdiendo y  las profundidades de sus almas heridas para siempre. ¡Y eso ocurrió mucho antes de las decisiones de los papas de al segunda mitad del siglo II! ¿Acaso en la segunda guerra judía (132-135) los cristianos no fueron perseguidos ¿

Para el Dr. Sabán el futuro del reencuentro pasa tan sólo por el camino de la integración cristiana en el judaísmo tras purificarse de los oropeles cristológicos  y paganos para efectuar así un retorno al judaísmo original de Jesús. Pero, a mi entender, la integración y purificación debe ser mutua. Ambas religiones deberán humildemente hacer concesiones. Jesús no separa a judíos y cristianos; Jesús debe unirnos, si seguimos  su doctrina y su ejemplo. Jesús, más allá del rabino excepcional que admite Sabán, tras su muerte fue considerado  Ungido de Dios, Mesías, por  judíos que le conocieron y trataron. Primicia de nuestra resurrección, como dice 1Co 15,20.  Si para  judíos y cristianos  el proceso de redención escatológico ya ha comenzado —fuere con la creación, con Moisés o con Jesús—, ¿no deberemos partir de aquí para el reencuentro? Los cristianos, ciertamente,  no debemos esperar ninguna segunda venida de Jesús.... No debemos cometer el error de las primeras comunidades que esperaron los tiempos escatológicos  como inminentes. La segunda venida de Jesús, la Parusía, no llega ni llegará jamás porque está contenida en la primera, como tampoco  va a caer del cielo el punto final del Maljat para los judíos: el Reinado de Dios predicado por Jesús y por tantos otros profetas  de Israel ya lo tenemos iniciado entre nosotros. Y si este punto de partida es posible, lo que debemos hacer unos y otros es  poner todas nuestras fuerzas, judíos y cristianos, para forzarlo como posible sabiendo que el Reinado de Dios superará el reinado de cualquier césar, cualquier poder, cualquier ídolo y excederá en justicia y amor. Entonces, a unos  no les va a preocupar en absoluto que Jesús haya sido percibido  como Mesías y a los otros no nos va a ensombrecer su imagen el hecho de que no  sea considerado Dios identificado con YHWH. No nos va a preocupar si Jesús es comprendido con sus oropeles mesiánicos o cristológicos —fruto de una época— o despojado de ellos, sino que aquel hombre, tenido por excepcional  por los humanos, también lo fuera —como tantos otros: Confucio, Buddah, Elías o Moisés— considerado por Dios: ellos son paradigma y primicia de la redención de todos. Sólo entonces, forzando el Reinado de Dios con la fuerza de todas nuestras vidas, un libro como el que presentamos puede llegar a ser judío y cristiano al mismo tiempo, para nada anticristológico sino del todo mesiánico, porque todos  habremos llegado a ser mesías, es decir, ungidos por el Dios único de ese Reino que no solo esperamos con los brazos cruzados sino que, partiéndonos los mismos, ayudamos a construir.

Lluís Busquets i Grabulosa